Indígenas amazónicos en riesgo crítico por el coronavirus

La nacionalidad Waorani es una de las poblaciones indígenas amazónicas más vulnerable ante la pandemia. Foto: Waorani Resistencia Pastaza.

Una persona adulta mayor de la nacionalidad Secoya falleció con síntomas relacionados con el Covid_19. Otros 20 miembros de esa misma comunidad indígena de la Amazonía de Ecuador han presentado síntomas del nuevo coronavirus, en los últimos 15 días.

Esta situación activó aún más las alarmas y la preocupación por el grave riesgo de contagio al que están expuestos los indígenas amazónicos.

En comunidades como la de la Nacionalidad Siekopai (Secoya, ubicada en la provincia de Sucumbíos) asumieron iniciativas propias. 40 secoyas, entre ancianos y varias familias, se trasladaron en cuatro canoas río abajo para refugiarse en Pë’këya (Lagartococha), su territorio ancestral. Lo hicieron ante la falta de protocolos específicos y decisiones insuficientes desde el Estado ecuatoriano. Sin embargo, la mayoría se mantiene en el territorio que actualmente ocupan.

En la nacionalidad Secoya decidieron poner a buen recaudo a 40 ancianos y mujeres para evitar su contagio con el virus. Foto: Amazon Frontlines y Alianza Ceibo

“Estamos muy cerca de esta enfermedad. La intención es estar totalmente aislados”, es lo asegura Justino Piaguaje, presidente de la nacionalidad Siekopai. Agrega que es escapar “para salvar nuestras vidas en estas circunstancias, ya que no tenemos apoyo del gobierno local ni nacional”.

A propósito, los abuelos y abuelas secoya recordaron sobre las epidemias que sufrieron sus antepasados y no lograron sobrevivir. Se vieron afectados por enfermedades como la ”tosferina” (gripe), contagiadas por misioneros, viajeros o caucheros que invadían sus territorios, lo que les empujó a refugiarse en la profundidad de la selva. De los alrededor de 40.000 secoyas que eran, hoy son apenas 700.

Desde la nacionalidad Waorani también se advierte que son una comunidad indígena de reciente contacto, con una historia de enfermedades introducidas, a través de los procesos de colonización. Además, que su sistema inmunológico es muy vulnerable a nuevas epidemias.

El riesgo se vuelve aún más grave si se considera que los Waorani comparten territorio con los Tagaeri y Taromenane, los dos últimos pueblos en aislamiento o “no contacto con el mundo global” que superviven en Ecuador.

Jimmy Piaguaje, un joven comunicador Siekopai, considera que se está repitiendo la historia. “Por adentrarse en la selva años atrás, algunos abuelos han sobrevivido y son los que tenemos con nosotros… Están dejando un mensaje importante de que todavía sigue la memoria”.

Situaciones parecidas están viviendo las comunidades Waorani, Kichwa, Cofanes, Shuar, Achuar, Sapara, Andwa y Shiwiar. Como una medida de protección, por ejemplo, la nacionalidad Waorani restringió el ingreso de turistas y personas ajenas a su territorio.

Sin embargo, hoy, en su aislamiento, están desbastecidas y urgen atención con las ayudas, sobre todo desde los gobiernos locales y nacional.

En un comunicado del 13 de abril, la Nacionalidad Waorani alertó que enfrentan una situación humanitaria grave. Sus 4.000 integrantes están sin alimentos ni medicamentos, hay escasez de insumos como fósforo y jabón. Incluso denunció que más de 150 familias permanecen en las zonas urbanas de Shell, Coca y Tena sin poder ingresar a sus comunidades para abastecerse de alimentos de sus chacras como plátano, yuca y carne de monte.

Peor aún los de la nacionalidad Secoya que no pueden ni pescar porque sus ríos están contaminados ni ir de cacería ante la presión de gente extraña que invadido sus territorios, en especial de los caucheros.

Sin un protocolo específico

Desde varios frentes y desde diferentes organizaciones defensoras de estas comunidades se plantean al Estado acciones concretas para salvaguardar su supervivencia. La preocupación es generalizada, ya que las autoridades sanitarias no han emitido un protocolo específico y bajo concertación con las organizaciones indígenas y sus aliados.

Una Cartilla de recomendaciones para las comunidades indígenas de Ecuador frente a la pandemia ha sido emitida por un colectivo de organizaciones como Amazon Watch, Ecuarunari, Land is Life, Amazone Frontlines, Mujeres Amazónicas, Confeniae y otras.

Cómo evitar que llegue a las comunidades y el contagio

* Restringir la entrada y salida de personas del territorio.

* Quienes lleguen de fuera deben aislarse en su casa por 14 días.

* Las personas que presenten fiebre o síntomas de gripe no deben entrar i territorio ni a las comunidades.

* Como prevención, si es posible, adentrarse en las purinas, tambu o fincas.

* Como prevención, si es posible, adentrarse en las purinas, tambu o fincas.

Las organizaciones de la nacionalidad Waorani, asentada en las provincias de Orellana, Napo y Pastaza, también elaboraron cartillas de recomendaciones en su idioma Wao Terero.

Por su parte, la Fundación Regional de Asesoría en Derechos Humanos (Inredh) y la Alianza de Organizaciones por los Derechos Humanos solicitaron al Ministerio de Salud que realice un testeo masivo en la comunidad Secoya para disminuir el riesgo de contagio en este segmento poblacional.

La nacionalidad Waorani y la Confeniae instaron al Gobierno a que se adopten protocolos especiales para la protección de estos pueblos indígenas de la Amazonía de Ecuador. Insistieron en que se tomen medidas de control y restricció de las actividades del personal de las empresas petroleras que operan en los territorios indígenas para evitar la propagación de la pandemia.

Desde las diversas organizaciones se exige una atención inmediata para solucionar el desabastecimiento de alimentos y el dotamiento de reactivos para realizar la pruebas de Covid_19 en las comunidades.

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Ecuador y sus piruetas en cuidar a dos niñas indígenas arrancadas del aislamiento

Una de las niñas cuando era arrancada de su familia y su entorno. Fotos: tomadas del libro ‘Una tragedia ocultada’

Ellas son el vivo testimonio, la prueba misma de la existencia de los Tagaeri – Taromenane, los dos únicos pueblos indígenas en aislamiento que le quedan a Ecuador en su Amazonía. Después que masacraran a sus familias, aterrorizadas las sacaron de su territorio para llevarlas como ‘trofeo de guerra’ a que vivan en las casas de quienes atacaron y mataron a sus padres, hermanos, tíos… 

Son las hermanas N. y C., que tenían aproximadamente 3 y 6 años cuando ocurrió el ataque por parte de un grupo de indígenas waorani, el 30 de marzo del 2013. Esa tragedia ocurrió en su territorio, en las mismísimas entrañas del Parque Nacional Yasuní (en el norte de la Amazonía ecuatoriana), igual que otros tantos episodios trágicos que han puesto al borde de la extinción a estos pueblos.

Eduardo Pichilingue, ecólogo y defensor de los pueblos indígenas en aislamiento,  advierte que “en si la masacre de sus familias ya les generó un daño enorme, igual su separación al ser llevadas a dos comunidades distintas”.

Pues no solo las cortaron de raíz de su entorno, sino también a las dos las separaron. A la menor se la llevaron a la comunidad de Dikaro y a la mayor a Yarentaro.

Roberto Narváez, antropólogo e investigador de pueblos indígenas en aislamiento, asegura que se han cometido varias vulneraciones contra los derechos de las niñas, en especial:

  • Derecho a su familia, rota por la irrupción guerrera y la matanza.
  • Derecho a la identidad cultural y forma de vida.

Según Narváez, se trata de dos niñas de pueblos vulnerables por ese proceso sistemático de presión que, desde el propio Estado, genera amenazas a su territorio al abrir la frontera extractivista. “La situación actual de las niñas es producto de esa inacción y falta de garantías desde el Estado, ya que habían indicios de que iba ocurrir el ataque y que pudo ser evitado”.

Las incluyeron en un sistema gubernamental de protección a víctimas y testigos, como si se tratara de cualquier persona en riesgo por haber presenciado un delito y su testimonio es clave. Eso dejó al descubierto que Ecuador como Estado aún carece de una política sólida para proteger a un ser humano en las condiciones como las de C. y N. (por cierto, las leyes penales prohíben revelar los rostros e identidades para, en algo, proteger a las víctimas).

“Al no existir políticas públicas de protección hacia estos pueblos en aislamiento ocurre un discrimen manifiesto desde el Estado sobre su origen y su identidad”, sentencia el antropólogo Narváez.

Milagros Aguirre insiste en que “deben levantarles esa condición de testigos protegidos y dejarlas en paz con sus familias adoptivas. Que ellas decidan dónde y con quién quieren estar, garantizándolas su derecho a educación y salud, además de darles un subvención por daños causados por seis años de estar separadas”.

El reencuentro de las dos hermanas

Seis años después, el pasado 27 de agosto, la Fiscalía General provocó un reencuentro de las dos hermanas, bajo el argumento de “reforzar sus lazos afectivos, de confianza y afinidad”.

Pero no fue un encuentro en privacidad como ellas tiene derecho, sino en medio de las miradas curiosas de mucha gente muy extraña para ellas. No sabemos para qué, ni creemos era necesario, pero llegaron autoridades, fiscales, delegados de instituciones públicas y líderes indígenas.

Se trata de “acciones que permitan la asistencia integral a las niñas de la etnia tagaeri/taromenane”, dice la Fiscalía, en un comunicado de Prensa del 28

A ese desarraigo total que sufren las dos niñas, se suma que han tenido que de golpe estar expuestas a diversas situaciones absolutamente ajenas a las condiciones de aislamiento en que ellas vivían junto a sus familias.

“Aislamiento voluntario”, aún creen algunos. Pero es más forzado que nada, porque les han ido arrinconando las presiones de madereros, petroleros, visitantes externos y las mismas comunidades indígenas con quienes comparten sus territorios.

Un día de esos (el 26 de noviembre del 2013), a los funcionarios del Estado se les ocurrió ir por la niña más grande, en medio de un operativo con policías élite. La justificación era que ella corría peligro.

La sacaron del aula donde asistía a clases para trasladarla en un ruidoso helicóptero hasta el Coca, en la provincia de Orellana. La llevaron para hacerle chequeos médicos en el hospital público, ya que la niña tenía salpullidos y fiebre. Justamente ese es uno de los temores de Pichilingue, ya que el mayor riesgo para la niña C. “pudiera ser su exposición al contagio de enfermedades llevadas por turistas que visitan la zona, a pesar de que ella no esté expuesta directamente a ellos”.

Luego la reubicaron en la comunidad de Bameno. Antes, desde abril del 2013, ella permanecía en Yarentaro “contra su voluntad y pudo ser liberada… No se trató de un rescate sino de una medida de protección”, dijo la entonces viceministra de Justicia, Nadia Ruiz.

En las comunidades indígenas donde ahora viven tuvieron que ir asumiendo costumbres de los waorani y hasta de los mismos cowori (extraños que invaden sus territorios). A la más pequeña, por ejemplo, la inscribieron en el Registro Civil como hija de los captores.

Roberto Narváez hizo una preocupante advertencia: “La niña mayor ya es puber y, dentro del marco cultural waorani, a esa edad suele ocurrir las alinazas matrimoniales. De allí que desde el Estado deben definirse lineamientos de protección bajo acuerdo con la comunidad donde ahora vive”.

Las niñas tagaeri taromenane se adaptan a las costumbres de sus familias adoptivas.

El testimonio que valida toda una existencia

En medio de todas esas durísimas vivencias de las dos niñas, hay algo valioso que se ha logrado rescatar. Se trata de las revelaciones de C. sobre lo que constituye su pueblo y que valida todo esfuerzo por evitar su exterminio.

Este testimonio lo trae el libro ‘Historias y Presencias’. Se lo reconstruyó con base a conversaciones cotidianas de C. con quienes hoy vive y contadas por Penti Baigua, líder de la comunidad waorani de Bameno. 

Sorprende que la niña habla de que su grupo se identifica como waorani (no como los conocemos como tagaeri y taromenane). Aunque esa revelación pierde cierta validez cuando en Bameno muchas personas sostiene que C. es una tagaeri, como lo sostendría Teepa (hermana de Tagae, de quien se deriva el gentilicio), tras algunas conversaciones con la niña.

Con sus relatos, nos traslada a escenas como aquella en que sus padres vivían en la casa que estaba en construcción y que fuera atacada el 30 de marzo del 2013. Sus padres eran Tewe, de unos 50 años, y Dayume. Con su madre cruzaba un río (sería el Cononaco Chico) para recoger chonta.

También revela que cerca de su casa habían dos más de sus parientes y que guardaban hamacas, peinillas, shigras, cestas, cadabo (olla de barro), kakapa (fósforo del monte), algodón para los dardos, lanzas, cerbatanas y más.

En sus relatos, C. contó que tenía 10 hermanos, algunos de ellos vivían con su abuela Titera. Además, que tenía un hermano mellizo, Ewento, que murió en el ataque del 2013. Otros de sus hermanos, aún vivos, son Yato y Tayakemo.

Estos y más nombres permiten descubrir similitudes entre estos pueblos en aislamiento y los waorani. Incluso -según ‘Historias y Presencias’- se concluye que son mínimas las diferentes linguísticas entre su lengua y el Waoterero de los Waorani, sin descartar algunas diferencias en las terminaciones de algunas palabras o frases.

Estudiosos de estos pueblos, como el español Miguel Ángel Cabodevilla, afirmaron en reiteradas ocasiones que estos pueblos tienen una misma raíz. En la década de 1960, Taga (hijo de Ñihua) decidió separarse del grupo que se acogió al contacto evangelizador e internarse en la espesa selva y a sus seguidores y descendientes hoy se los conoce como Tagaeri.

Los relatos de C. dejan entrever la marca profunda que le provocó el ataque a sus familias del 30 de marzo del 2013. Vio que a su madre la dispararon y cayó muerta sobre el fogón, que mataron niños… que hicieron muchos disparos. C. y N. se selvaron de morir al permanecer medio ocultas bajo unas hojas en una esquina de la casa, pero luego las encontraron y se las llevaron.

Cuando sufrieron el ataque, sus familias estaban de fiesta porque construían la casa nueva. Pero ese día no estaban todos y que, por ejemplo, su tío Baika aún vive, al igual que dos familias que vivían cerca.

Estos recuerdos, aunque trágicos, que guarda C. tienen una gran valía: Es la memoria viva de familias indígenas en aislamiento que superviven en el Yasuní y que es fundamental que el Estado garantice sus vidas.

La niña C. es alimentada, durante la travesía de regreso hacia los comunidades de quienes atacaron a sus familias en el 2013.

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Cinco años después de una matanza en el Yasuní

Casa taromenane
Toma desde el aire de la casa de una familia en aislamiento en el corazón del Yasuní y que sufriera el ataque en marzo del 2013. (Fotos: José Proaño)

Ecuador. Elementos encontrados en el sitio y análisis de entrevistas son parte de cuatro investigaciones antropológicas sobre el ataque y muerte de unos 25 miembros de una familia indígena en aislamiento. Este hecho ocurrió el 30 de marzo del 2013, en pleno corazón del Parque Nacional Yasuní.

Para el 15 de mayo, el Tribunal de Garantías Penales de Orellana ha convocado la audiencia de juicio. Así lo confirmó el fiscal del caso, Andrés Cuasapaz. Son 17 los procesados.

Ese trágico 30 de marzo, según las narraciones de quienes serían los agresores, los habrían atacado con escopetas y lanzas, sin que se trate de un enfrentamiento entre guerreros. Dichos testimonios están recopilados en el libro ‘Una tragedia ocultada’, de Miguel Ángel Cabodevilla (capuchino español conocedor de la historia de estos pueblos) y de Milagros Aguirre.

De eso, además de las versiones, existen evidencias como fotografías tomadas, con sus celulares, por los propios atacantes. En estas tomas se alcanza observar escenas trágicas.

Se suman elementos recogidos en el sitio como cartuchos y rastros de impactos de perdigones en objetos como ollas, que habrían recolectado estas familias para su superviviencia. “Eso evidenciaría, según el perito antropólogo Roberto Narváez, que los atacantes usaron armas de fuego”.

A Narváez se le pidió hacer cuatro estudios antropológicos para sustentar el proceso penal sobre este caso. Estos fueron entregados por el perito a la Fiscalía, en el 2013.

Analizó una entrevista que uno de los atacantes dio a un periodista extranjero y su misión fue indagar cuáles serían las motivaciones para el ataque. “En culturas amazónicas, reconocer hechos de muerte tiene relación con la reafirmación al orden social interno (en este caso) de los waorani”.

Con un trabajo de antropología jurídica, basado en una serie de entrevistas, “se logró establecer cómo fue el detalle del ataque”.

El cuarto informe de Narváez se refiere a la diligencia de reconocimiento del lugar de los hechos, dirigida por la Fiscalía. Al sitio se ingresó entre el 29 y 30 de noviembre de 2013. No se encontraron restos humanos.

Casa aislados LM 2
La cada de la familia en aislamiento, ocho meses después del ataque del 30 de marzo del 2013.

Tras la muerte de Ompore Omeway

Estos hechos habrían ocurrido tras el ataque y muerte del líder waorani Ompore Omeway y su esposa Buganey Caiga, del 5 de marzo de ese mismo año en Yarentaro. Narváez analizó las lanzas usadas en este suceso y su conclusión es que pertenecían a grupos familiares en aislamiento. 

Al respecto, José Proaño, director de Land is Life para Latinoamérica, es categórico al afirmar que estos pueblos en aislamiento “no son violentos”. Se respalda en un análisis de registros de encuentros, elaborado por una comisión de investigación del Ministerio de Justicia, que evidenció que en los últimos 30 años ocurrieron 120 contactos con indígenas waorani, de los cuales 85 no fueron violentos.

A diferencia del 2003, año en que también ocurrió otra matanza, hoy 17 waorani enfrentan un proceso penal con base en la justicia ordinaria ecuatoriana. 

Sin embargo, en torno a estos hechos ocurrió un debate, en torno a qué justicia administrar para resolver este caso. Hasta se elevó a consulta a la Corte Constitucional, aunque esta no ha dado una repuesta clara.

Eduardo Pichilingue, miembro del colectivo Yasunidos, asegura que aplicar la justicia ordinaria no es posible porque no existe un desarrollo consuetudinario sobre cómo administrar justicia para este tipo de casos.

Aparte que las costumbres waorani resultan muy drásticas y no compatibles, ya que a aquel que se equivoca y hace mal las cosas puede ser castigado hasta con la muerte con la lanza.

Ante esa situación, Pichilingue sugirió que “se llegue de alguna manera a administrar justicia ordinaria. Por ejemplo, que se restringiera su movilidad, trabajo comunitario y capacitarles sobre cómo entender el respeto a los derechos humanos y se conviertan en promotores en este campo”.

No obstante, el Tribunal de Garantías Penales será el que decida la sanción, con base a lo que sustente la Fiscalía durante la audiencia de juzgamiento.

Pueblos indígenas en aislamiento

La antropóloga estadounidense Dinah Shelton los describe como pueblos indígenas o segmentos que no mantienen o nunca han tenido contactos regulares con la población fuera de su grupo.

Así los define en el estudio Pueblos Indígenas en aislamiento voluntario y contacto inicial, de la Relatoría sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (2013).

“Los pueblos indígenas en aislamiento voluntario también pueden ser grupos o segmentos que, tras un contacto intermitente con las sociedades mayoritarias, vuelven al aislamiento y rompen las relaciones que tuvieron con dichas sociedades”.

Los tagaeri y los taromenane son los dos grupos indígenas en aislamiento que habitan en el Yasuní.

Incluso los tagaeri serían subgrupos de la gran nación waorani. Es la teoría que sostiene José Proaño. Sus argumentos son que su cultura material, incluso su lengua, es muy similar a la de los waorani.

Aún en la década de 1960, todos constituían un solo pueblo hasta que llegó el contacto forzado del ILV y su intención ‘evangelizadora’.

Un grupo, liderado por el guerrero Tagae y cuatro de sus siete hermanos, se rehusó a ese contacto y prefirió, junto con su familia, ocultarse en la selva. Se quedaron entre las cabeceras del río Tibacuno, Yasuní y Tiputini.

“No solo en un acto de autodeterminación, sino que Tagae se dio cuenta que estaría en riesgo, ya que otros clanes rivales también acudían al llamado del ILV, a través de Dayuma”. Esa es interpretación de José Proaño a ese pasaje de la historia de estos pueblos aislados.