La Amazonía revitaliza las aspiraciones de su gente y por su naturaleza

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La Ley Amazónica apunta a promover el desarrollo de los habitantes de esta región de Ecuador. Fotos: Jaime Plaza

Ley Amazónica. Que las provincias que aún no las tienen también cuenten con su propia universidad. Esa es una de las mayores aspiraciones de la Amazonía como región.

Así lo resolvieron a una sola vez, durante la IX Cumbre Amazónica, que se realizó en Zamora Chinchipe, en septiembre pasado. 

A viva voz, las respectivas delegaciones exigieron la creación de universidades en Zamora Chinchipe, Sucumbíos, Morona Santiago y Orellana. Además, que estos centros de educación superior sean incluidos dentro de la investigación de los proyectos productivos que ejecutan los gobiernos amazónicos y ministerios competentes.

Por eso, Salvador Quishpe, prefecto de Zamora Chinchipe, y los miembros del Consejo de Planificación de la Mancomunidad de Gobiernos Autónomos Provinciales de la Amazonía (CONGA) encaminan las gestiones. En estos días se reunieron en Quito con autoridades de la Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación (Senescyt).  

Freno al extractivismo 

Otra de las resoluciones es sobre la urgencia de superar el extractivismo. Que el Estado no entregue más concesiones mineras y petroleras, y se revise la legalidad de las existentes. A cambio, se incentive una desarrollo amigable con su selva y sus ríos.

Estas son dos de las 36 resoluciones a las que llegó la IX Cumbre Amazónica. Acudieron autoridades como prefectos, alcaldes y asambleístas, líderes indígenas, presidentes de juntas parroquiales, representaciones de organizaciones y más para plantear sus propuestas que les permita pone en práctica la Ley Amazónica.

Se trata de una ley orgánica, promulgada por la Asamblea Nacional, para la planificación integral de la región amazónica de Ecuador. De allí que las 36 resoluciones se engloban en grandes ejes como el respeto al medioambiente.

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Salvador Quishpe, en su condición de presidente de la CONGA, lideró esta cita. La misma fue considerada el espacio para reflexionar e instaurar un tercer momento en la historia de esta región: el de “salvar a la Amazonía. En un primer momento la vieron como un mito y luego como la caja fuerte para el agarra lo que puedas”.

Líderes como Marlon Vargas, presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de la Amazonía Ecuatoriana (Confeniae), insistió que la ley también sea para los pueblos nativos y se remedien los daños ambientales provocados en sus territorios por el extractivismo.

Al respecto, la resolución 6 establece reducir, paulatinamente, las actividades extractivistas y promover la inversión en bioeconomía, como base de la economía amazónica. Pero que eso implica que el Estado ya no entregue más concesiones mineras y petroleras y que se revise la legalidad de las existentes.

A la vez resolvieron apoyar en forma irrestricta la defensa de los recursos hídricos de Sucumbíos, en especial a la comunidad Sinangoe, y de toda la Amazonía ecuatoriana.

Otra resolución determinante es que se declare en emergencia a la Troncal Amazónica. Esa es una exigencia para el Ministerio de Transporte y Obras Públicas, cuya atrención permita mejorar la comunicación con el resto del país.

Con esta misión, las diferentes delegaciones de las seis provincias marcharon por las principales calles de Zamora y luego se concentraron por más de cuatro horas en el coliseo de la Unidad Educativa Luis Felipe Borja del Alcázar.

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La población de Sucumbíos, Orellana, Zamora Chinchipe y Morona Santiago exigen la creación de universidades en sus respectivas provincias.

 

El Curaray, la ‘arteria’ mayor que conecta a los pueblos ancestrales con la selva amazónica

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Sorteando empalizadas y bancos de arena, los canoeros avanzan por los ríos Villano y Curaray rumbo a sus comunidades. (Fotos: Jaime Plaza)

Amazonía. El singular ‘ronquido’ del motor de los ‘peques peques’ se escucha cada vez más fuerte. Hasta que por una de las cientos de curvas del sinuoso río, aparace una canoa con sus tres ocupantes que va aguas abajo.

A lo largo de nuestro navegar por el Curaray nos encontramos con decenas de canoas en un ir y venir. A bordo van familias enteras, hombres y mujeres, niños, con sus pertenencias.

Estas, talladas de algún árbol gigante y grueso de la zona, son el casi único medio de transporte en las 14 comunidades del Territorio Ancestral Kichwa Kawsak Sacha, en la cuenca baja del Curaray, en la Amazonía ecuatoriana. 

Antes las impulsaban a remo y palanca (un palo largo de madera que lo sumergen hasta el fondo del río), ahora con motores de 13.5 (‘peques peques’), y los fuera de borda de 25 y 40 caballos de fuerza.

Al igual que Fausto Vargas, de 59 años y nativo de la comunidad Jesús Cocha, la mayoría ocupa para ir a sus chacras (cultivos de yuca, plátano, chonta, papa china…) o a pescar. Los niños lo hacen para acudir a clases en las escuelas distantes.

Para trasladarse de una comunidad a otra, una canoa es lo más práctico. Así lo hacen Ramón Inmunda y los 58 integrantes de su comunidad Macao. Desde allí les toma dos horas y media hasta Lorocachi, en territorio ancestral Kawsak Sacha (en la frontera amazónica entre Ecuador y Perú).

Para salir al Puyo y otras ciudades

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Paparawa es una suerte de puerto de embarque y desembarque para los habitantes de las comunidades de la cuenca alta del Curaray.

Las canoas son el medio hasta para salir al Puyo, la ciudad capital de Pastaza, tras navegar el Curaray y el Villano hasta por tres días.

Se recorre unos 200 km (distancia en línea recta) desde Lorocachi y se pasa por comunidades como San José de Curaray y otras hasta llegar a Paparawa, punto de embarque. Luego el traslado es por otras cuatro horas en camionetas de alquiler o algún bus interparroquial.

Navegan desde la madrugada o ni bien amanece hasta el atardecer. Improvisan un campamento en alguna playa (si no lleve) u otro sitio para descansar algo y recuperar energías. 

Vargas e Inmunda, por ejemplo, cuentan que ellos salen cada ocho o 15 días para llevar la cosecha de sus chacras y adquirir productos como arroz, azúcar, sal, aceite, fósforo… botas y ropa.

También viajan para realizar trámites o abastecerse de medicamentos para curarse de la gripe, fiebres, dolor de estómago y más (aunque prefieren curarse con las plantas que tienen a mano en la selva).

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Fausto Vargas indica hacia el horizonte donde queda su chacra.
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Al caer la tarde, los navegantes acampan en alguna playa.
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En su canoa, esta familia busca abastecerse de productos.
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Tener una canoa en la Amazonía es como ser dueño de un auto en la ciudad. 

Las avionetas y aviones pequeños, la otra opción

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Manuela Santi y la mayoría de habitantes aprovechan cada vuelo incluso para enviar sus encomiendas. El flete de avionetas privadas cuesta entre 630 y 740 dólares.

Un vuelo cada miércoles de los Quest Kodiak (foto) de Tame Amazonía es la otra alternativa que tiene la gente de Kawsak Sacha y otras zonas aledañas para salir o entrar desde la ciudad. 

Son aviones pequeños para 9 pasajeros, con un vuelo cada miércoles hasta Lorocachi. Se aprovecha la pista militar abierta hace más de 20 años y con 640 metros de largo.

Así como a Lorocachi, Tame Amazonía tiene vuelos a otras 33 pistas de Pastaza y Morona Santiago. El costo es de 15 dólares por cada pasajero adulto de la comunidad amazónica y 7,50 para niños y personas de la tercera edad.

También están las avionetas de compañías privadas que vuelan desde el aeropuerto de Shell Mera, en Pastaza. El flete de esta especie de taxi aéreo para cinco pasajero cuesta 740 dólares y para tres pasajeros, 630.

Pero se recurre más este servicio en caso de emergencia médica con pacientes graves por paludismo, picadura de serpiente y otras enfermedades.

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Los aviones pequeños Quest Kodiak de Tame Amazonía vuelan a Lorocachi y otras 33 pistas abiertas en comunidades de Pastaza y Morona Santiago. (Foto: TAME EP)

Los efectos del cambio climático 

El río Curaray es un sinuoso cordón umbilical que conecta sus vidas con la selva. Es una especie de artería mayor que les permite, en sus canoas, fluir de un lugar a otro en medio de ese gran gigante verde.

Los pueblos asentados en las riberas del Curaray, al igual que la mayoría de comunidades de la Amazonía, tienen al río como su principal vía para movilizarse.

Pero tres semanas sin llover en la zona hizo que sea muy complicado navegar por el afluente. El nivel de las aguas había bajado en más de dos metros.

Es consecuencia del cambio climático, admite Gabriel Guerra, de la Prefectura de Pastaza. Pues el clima ha variado mucho en la Amazonía.

Antes, entre noviembre y abril caían torrenciales aguaceros, lo recuerda Jonathan Grefa, de la comunidad Lorocachi.

“Los sabios contaban que llovía mucho todo el tiempo y que incluso el río se desbordaba en las partes bajas. Mucho más en la fiesta de San Juan, en junio, pero ahora pasa seco”.

Durante los ocho días de nuestra travesía por la cuenca del Curaray, entre el 4 y el 11 de febrero, tuvimos un cielo despejado de día y de noche.

Bajo esas condiciones climáticas, resulta toda una odisea tratar de avanzar por los afluentes. Se saben casi de memoria por dónde esquivar las empalizadas y la baja corriente, para no quedarse embancados en la arena.

Pero a tan bajo llega el caudal que existen tramos en que tienen que bajarse el motorista y los ocupantes a empujar la canoa. Incluso a ratos las pequeñas embarcaciones se quedan embancadas.

Los costos altos

El uso de las canoas es un servicio casi imprescindible, pero a la vez que demanda una alta inversión en adquirir el motor, la canoa y el combustible.

“Con la platita de la venta de verde y pescado (bagre) que atrapa en el río, la gente compra la gasolina para sus motores”, cuenta Jonathan Grefa. Con un galón de gasolina que cuesta 1,45 dólares, en los ‘peques peques’ se puede navegar hasta una hora.

Pero si tiene un motor fuera de borda, requiere comprar en 8 dólares un litro de aceite para ligar por cada 10 galones de gasolina. Esta cantidad de combustible alcanza para navegar unas dos horas y media.

La inversión más alta es en la compra del motor. El de 13.5 caballos de fuerza cuesta 1.400 dólares. Los dos 25 a 4.000 y el 40, más de 5.000 dólares. Grefa asegura que “eso significa al menos un año de ahorros y de trabajar en agricultura y pesca”.

Fernando Rodeneiro Shariana, profesor de la escuela unidocente de la comunidad Guacamaya, se decidió a invertir en un motor y canoa. En sus tiempos libres, él hace fletes para quienes buscan ingresar hacia alguna comunidad o salir a la ciudad, navegando por el Curaray.

Y a la canoa, los más hábiles la hacen de los gigantes y gruesos árboles de cedro, chuncho y witio. Las más largas llegan a medir hasta 14 metros y hasta 1,50 de ancho.  Adquirir una cuesta hasta 2.000 dólares, sobre todo por el esfuerzo que demanda.

A Fausto Vargas construir una le toma ocho días, tiempo que permanece, incluso pernocta, en el sitio donde encuentra el árbol ideal.

El proceso es laborioso desde encontrar la materia prima, labrarla y hasta ahumarla con hoja seca de palma real para que la canoa logre impermeabilidad. Pero sobre todo que sea resistente al uso permanente como único medio de transporte para la gente del Territorio Kichwa Kawsak Sacha, de la cuenca baja del Curaray y más sectores de la Amazonía ecuatoriana.

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La canoa es el medio de transporte para el traslado de familias enteras, como la de Ramón Inmunda, de una comunidad a otra.