361 especies de anfibios, en peligro de extinción por una ‘desgracia ecológica’

La especie Atelopus coynei es endémica de Ecuador y está en peligro de extinción. Fotos: PARG/MAAE/PNUD

BIODIVERSIDAD. Aún estando en el campo ya casi no se escucha su croar o singular canto y mucho menos se puede observarlas de cerca. Permanecen en un prolongado silencio ante las cada vez más largas sequías o porque ya nunca más estarán. 

La situación es preocupante. La rana arlequín triste, la rana militar, la esquelética, la del Río Faisanes… son 361 (de un total de 669 identificadas) especies de anfibios o ranas que están bajo serias amenazas que las ponen en peligro de extinción. Esa es la revelación que hacen los especialistas en la Lista Roja de Anfibios de Ecuador, recién difundida.

Y es porque “estamos viviendo una desgracia ecológica”, queestá diesmando la población de anfibios en el territorio ecuatoriano. Esa es una de las duras advertencias de Mario Yánez,  herpetólogo del Instituto Nacional de Biodiversidad (INABIO) e integrante del equipo de investigadores. 

Las secuelas de su extinción

Aunque son especies muy carismáticas, dejaron de ser vistas como vertebrados extravagantes y pasaron a ser mucho más cercanas.  

La desaparición de las especies de ranas o anfibios no solo es un daño para los ecosistemas sino que resulta una pérdida de identidad de valores por los que hoy se considera a Ecuador un país megadiverso (tiene alrededor del 10% de las especies de anfibios del planeta). 

También ocurre un desequilibrio en los eslabones de los ecosistemas. Esto traerá consecuencias en su funcionalidad, ya que las ranas, por ejemplo, son controladores directos de insectos y ciertas plagas. Por eso, quizá a largo plazo ocurra un crecimiento de la población de insectos, que su vez pudiera traer ciertas enfermedades para los humanos.

Otra dura secuela por su extinción es que con ellos se pierde su beneficio medecinal, ya que la farmaceútica está explorando con sus toxinas para el tratamiento de varias enfermedades. En Costa Rica, por ejemplo, se incursiona en este campo desde hace 15 años y Ecuador está en los primeros pasos.

Las desapariciones masivas

La actual Lista Roja de Anfibios confirmó los pronósticos de hace 20 años sobre varias desaparciones masivas de linajes, no solo en Ecuador sino a lo largo del neotrópico desde Centro América hasta Bolivia. 

El ejemplo más crítico es de las ranas atelopus o arlequines, un grupo endémico de los Andes norte y de Ecuador. De 36 de estas especies Atelopus que habían en territorio ecuatoriano, actualmente solo se tiene documentación de menos de 10. “Hay muchas especies que no se han vuelto a ver en varios años”.

A partir de la década de 1980, las arlequines fueron atacadas por la quitridiomicosis, una enfermedad que a escala global, sumadas a las anomalías climáticas, provocó la reducción de 501 especies y la extinción de otras 90. Una de estas es la del Jambato de vientre rojo, que habitaba en los Andes centro. “A partir de 1980, esta especie desapareció y algunos investigadores la consideraron extinta. Solo recién hace dos años fueron identificadas nuevas poblaciones”.

El investigador Yánez se lamenta que “en esta nueva evaluación de anfibios no se haya podido encontrar una mejoría en el nivel de conservación. Hace 10 años, cerca del 30% de las especies de anfibios estaba amenazada. Hoy, el 58% se encuentra en riesgo de extinción en Ecuador. Es un serio llamado de atención”.                               

Durante tres años, 30 herpetólogos investigaron sobre el grado de amenaza en que se encuentran estas especies. Ahora la información que recopilaron está recopilada en la Lista Roja de Anfibios, actualizada luego de 10 años.

De día o de noche, los herpetólogos recopilan información de cada especie encontrada.

Bajo sol o lluvia y viento, de día o de noche, los expertos recorrieron lechos de ríos, quebradas y lagunas, bosques, páramos, selva y más espacios en busca de saber qué estaba ocurriendo con nuestros anfibios. 

Para cumplir ese objetivo, los herpetólogos tienen que viajar de ocho a diez horas en vehículo hasta los ecosistemas y de allí otras cinco o seis horas de caminata, con los equipos necesarios a espaldas. Luego de armar un campamento para resistir en algo bajo torrenciales aguaceros y temperaturas extremas, empieza la meticulosa búsqueda bajo pierdras, bromelias u hojarasca. A ratos también aguzando el oído para ubicarlas por medio de sus cantos.

Apenas las ubican, realizan mediciones de los especímenes, sobre todo del tamaño corporal, antebrazo y tibia, además, del peso. Esos datos son obtenidos de unidades de muestreo, que son medidas y marcadas en un área de 350 metros de largo en los arroyos, como por ejemplo se lo hace en el sistema de reservas Drácula de la Fundación Ecominga. Las medidas y pesos son fundamentales para entender aspectos ecofisiológicos de las especies estudiadas. También se hacen muestras de la piel de ranas para detectar la presencia de potenciales patógenos. De regreso al laboratorio, igual les espera una larga tarea en el procesamiento de la información recopilada.

El equipo listo para ir en busca de las ranas en la base de Peñas Blancas, Quinshul, Carchi. Foto: Mario Yánez

A Ecuador se lo considera uno de los países de América Latina con mayor diversidad de anfibiosSin embargo, lo que los herpetólogos descubrieron es para preocuparse. 361 especies están en los siguientes estados o categorías: 

  • 83 en Estado Crítico
  • 149 en peligro
  • 129 en Vulnerable
  • 76 en Casi Amenazadas
  • 29 en Datos Insuficientes
  • 168 en Preocupación Menor
  • 1 en No Evaluada

La mayor revelación de este estudio es que el género Atelopus es el grupo que incluye a las especies de ranas más amenazadas en en el territorio ecuatoriano. El hábitat de la rana militar está en Guayas, de la arlequín triste en el Parque Nacional Cajas (Azuay), la esquelética y la del Río Faisanes en Carchi, todas estas como las más amenazadas. 

La actualización del Libro Rojo de Anfibios es un esfuerzo del Ministerio del Ambiente y Agua (MAAE), el Instituto Nacional de Biodiversidad (INABIO), Conservación de Anfibios y Recursos Genéticos, PNUD, GEF y ABS. También están la Universidad Particular de Loja, Universidad del Azuay e Ikiam.    

Mauricio Ortega, docente de la Universidad Regional Amazónica Ikiam, y más investigadores aseguran que las mayores amenazas para estas especies son: 

– La deforestación incontrolable y desmedida para las actividades agropecuarias como ocurre en la Costa y la Amazonía.

– Los ecosistemas fragmentados por la apertura de carreteras, sobre todo en la Amazonía para dar paso al extractivismo. 

– Los insaciables proyectos y concesiones extractivistas: petróleo y minería.

Yánez advierte que los anfibios, al ser muy sensibles a  esas alteraciones ambientales, constituyen uno de los grupos que más han sufrido el riesgo de extinción. Más aún cuando se trata de las especies a las que recién se las está conociendo, se encuentran en zonas con  deforestación acelerada. 

Entre estas están la Pristimantis nangaritza y la Pristimantis yantzaza, que fueron colectadas en la Cordillera del Cóndor (en Zamora Chinchipe) antes de la debastación por la explotación minera y descritas recién. Una situación parecida viven las especies Pristimantis chocoensis, Pristimantis cisnerosi y Pristimantis afrox en la selva del Chocó, sector noroccidental de Pichincha y tomado por las concesiones mineras a gran escala.

UNA RUTA PARA LA PROTECCIÓN

Los investigadores advierten que es esencial la conservación de estas especies para proteger la biodiversidad. Bajo esa visión, se elaboró el Libro Rojo de Anfibios. Es el resultado de varios años de consolidar procesos e incluso de la formación de una verdadera escuela de herpetólogos ecuatorianos.

Un plan de cinco acciones.

Hace 11 años eran 490 especies descritas y hoy ya son 669. Con una alta tasa de descripción anual, se llegó a conocer nuevas especies únicas o endémicas de zonas puntuales de los Andes de Ecuador. 

La metodología de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) sirvió de guía para integrar información actualizada sobre taxonomía, historia natural y modelos ecológicos para determinar los lugares donde habitan estas especies y los escenarios como el del cambio climático, otra de las amenazas para estas especies.

También sirvió como sustento para diseñar una estrategia nacional o Plan de Acción para la Conservación de Anfibios de Ecuador, con cinco líneas estratégicas de acciones para enfrentar los problemas que afectan a estas especies. 

El Libro Rojo de Anfibios y el Plan de Acción para la Conservación de Anfibios de Ecuador fueron desarrollados en el marco del Proyecto de Conservación de Anfibios del Ecuador y Uso Sostenible de sus Recursos Genéticos. Es una iniciativa del MAAE, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF).

Este plan guiará con directrices para la toma de decisiones desde el Estado, a través de los gobiernos nacional, seccionales, parroquiales y comunidades, implemente programas de conservación, además de incentivar a la investigación y promever la capacitación y educación para un manejo adecuado de la biodiversidad. 

El herpetólogo Miguel Urgilés, en pleno trabajo de medición de especímenes.

Existen varios esfuerzos desde frentes como instituciones públicas, universidades y organizaciones ambientalistas se está trabajando por la protección de los anfibios. Hay varios esfuerzos de conservación en el país y eso, aunque no son del todo suficientes, nos permitirá seguir encontrando a las ranas, a veces casi mimetizados entre la vegetación, es la mejor señal de que la salud de esos ambientes naturales o ecosistemas están en sanos o no. 

“Si nos ofuscamos y creemos que solo el dinero fácil de la minería o del extractivismo nos va a parar la crisis, no es la solución. La calidad de vida no solo es dinero, sino por la calidad del aire que respiramos y el agua que bebemos. Hay que priorizar la conservación”.

Mario Yánez, herpetólogo de INABIO

Sin oportunas acciones de protección e inversión en la conservación, en 10 años las consecuencias serán peores. Por eso urge generar conciencia entre la ciudadanía, que se empodere del cuidado de estas especies y presione políticas desde Estado.

El lecho de los ríos y arroyos es uno de los hábitats preferidos de diversas especies de ranas. 

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El Curaray, la ‘arteria’ mayor que conecta a los pueblos ancestrales con la selva amazónica

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Sorteando empalizadas y bancos de arena, los canoeros avanzan por los ríos Villano y Curaray rumbo a sus comunidades. (Fotos: Jaime Plaza)

Amazonía. El singular ‘ronquido’ del motor de los ‘peques peques’ se escucha cada vez más fuerte. Hasta que por una de las cientos de curvas del sinuoso río, aparace una canoa con sus tres ocupantes que va aguas abajo.

A lo largo de nuestro navegar por el Curaray nos encontramos con decenas de canoas en un ir y venir. A bordo van familias enteras, hombres y mujeres, niños, con sus pertenencias.

Estas, talladas de algún árbol gigante y grueso de la zona, son el casi único medio de transporte en las 14 comunidades del Territorio Ancestral Kichwa Kawsak Sacha, en la cuenca baja del Curaray, en la Amazonía ecuatoriana. 

Antes las impulsaban a remo y palanca (un palo largo de madera que lo sumergen hasta el fondo del río), ahora con motores de 13.5 (‘peques peques’), y los fuera de borda de 25 y 40 caballos de fuerza.

Al igual que Fausto Vargas, de 59 años y nativo de la comunidad Jesús Cocha, la mayoría ocupa para ir a sus chacras (cultivos de yuca, plátano, chonta, papa china…) o a pescar. Los niños lo hacen para acudir a clases en las escuelas distantes.

Para trasladarse de una comunidad a otra, una canoa es lo más práctico. Así lo hacen Ramón Inmunda y los 58 integrantes de su comunidad Macao. Desde allí les toma dos horas y media hasta Lorocachi, en territorio ancestral Kawsak Sacha (en la frontera amazónica entre Ecuador y Perú).

Para salir al Puyo y otras ciudades

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Paparawa es una suerte de puerto de embarque y desembarque para los habitantes de las comunidades de la cuenca alta del Curaray.

Las canoas son el medio hasta para salir al Puyo, la ciudad capital de Pastaza, tras navegar el Curaray y el Villano hasta por tres días.

Se recorre unos 200 km (distancia en línea recta) desde Lorocachi y se pasa por comunidades como San José de Curaray y otras hasta llegar a Paparawa, punto de embarque. Luego el traslado es por otras cuatro horas en camionetas de alquiler o algún bus interparroquial.

Navegan desde la madrugada o ni bien amanece hasta el atardecer. Improvisan un campamento en alguna playa (si no lleve) u otro sitio para descansar algo y recuperar energías. 

Vargas e Inmunda, por ejemplo, cuentan que ellos salen cada ocho o 15 días para llevar la cosecha de sus chacras y adquirir productos como arroz, azúcar, sal, aceite, fósforo… botas y ropa.

También viajan para realizar trámites o abastecerse de medicamentos para curarse de la gripe, fiebres, dolor de estómago y más (aunque prefieren curarse con las plantas que tienen a mano en la selva).

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Fausto Vargas indica hacia el horizonte donde queda su chacra.
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Al caer la tarde, los navegantes acampan en alguna playa.
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En su canoa, esta familia busca abastecerse de productos.
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Tener una canoa en la Amazonía es como ser dueño de un auto en la ciudad. 

Las avionetas y aviones pequeños, la otra opción

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Manuela Santi y la mayoría de habitantes aprovechan cada vuelo incluso para enviar sus encomiendas. El flete de avionetas privadas cuesta entre 630 y 740 dólares.

Un vuelo cada miércoles de los Quest Kodiak (foto) de Tame Amazonía es la otra alternativa que tiene la gente de Kawsak Sacha y otras zonas aledañas para salir o entrar desde la ciudad. 

Son aviones pequeños para 9 pasajeros, con un vuelo cada miércoles hasta Lorocachi. Se aprovecha la pista militar abierta hace más de 20 años y con 640 metros de largo.

Así como a Lorocachi, Tame Amazonía tiene vuelos a otras 33 pistas de Pastaza y Morona Santiago. El costo es de 15 dólares por cada pasajero adulto de la comunidad amazónica y 7,50 para niños y personas de la tercera edad.

También están las avionetas de compañías privadas que vuelan desde el aeropuerto de Shell Mera, en Pastaza. El flete de esta especie de taxi aéreo para cinco pasajero cuesta 740 dólares y para tres pasajeros, 630.

Pero se recurre más este servicio en caso de emergencia médica con pacientes graves por paludismo, picadura de serpiente y otras enfermedades.

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Los aviones pequeños Quest Kodiak de Tame Amazonía vuelan a Lorocachi y otras 33 pistas abiertas en comunidades de Pastaza y Morona Santiago. (Foto: TAME EP)

Los efectos del cambio climático 

El río Curaray es un sinuoso cordón umbilical que conecta sus vidas con la selva. Es una especie de artería mayor que les permite, en sus canoas, fluir de un lugar a otro en medio de ese gran gigante verde.

Los pueblos asentados en las riberas del Curaray, al igual que la mayoría de comunidades de la Amazonía, tienen al río como su principal vía para movilizarse.

Pero tres semanas sin llover en la zona hizo que sea muy complicado navegar por el afluente. El nivel de las aguas había bajado en más de dos metros.

Es consecuencia del cambio climático, admite Gabriel Guerra, de la Prefectura de Pastaza. Pues el clima ha variado mucho en la Amazonía.

Antes, entre noviembre y abril caían torrenciales aguaceros, lo recuerda Jonathan Grefa, de la comunidad Lorocachi.

“Los sabios contaban que llovía mucho todo el tiempo y que incluso el río se desbordaba en las partes bajas. Mucho más en la fiesta de San Juan, en junio, pero ahora pasa seco”.

Durante los ocho días de nuestra travesía por la cuenca del Curaray, entre el 4 y el 11 de febrero, tuvimos un cielo despejado de día y de noche.

Bajo esas condiciones climáticas, resulta toda una odisea tratar de avanzar por los afluentes. Se saben casi de memoria por dónde esquivar las empalizadas y la baja corriente, para no quedarse embancados en la arena.

Pero a tan bajo llega el caudal que existen tramos en que tienen que bajarse el motorista y los ocupantes a empujar la canoa. Incluso a ratos las pequeñas embarcaciones se quedan embancadas.

Los costos altos

El uso de las canoas es un servicio casi imprescindible, pero a la vez que demanda una alta inversión en adquirir el motor, la canoa y el combustible.

“Con la platita de la venta de verde y pescado (bagre) que atrapa en el río, la gente compra la gasolina para sus motores”, cuenta Jonathan Grefa. Con un galón de gasolina que cuesta 1,45 dólares, en los ‘peques peques’ se puede navegar hasta una hora.

Pero si tiene un motor fuera de borda, requiere comprar en 8 dólares un litro de aceite para ligar por cada 10 galones de gasolina. Esta cantidad de combustible alcanza para navegar unas dos horas y media.

La inversión más alta es en la compra del motor. El de 13.5 caballos de fuerza cuesta 1.400 dólares. Los dos 25 a 4.000 y el 40, más de 5.000 dólares. Grefa asegura que “eso significa al menos un año de ahorros y de trabajar en agricultura y pesca”.

Fernando Rodeneiro Shariana, profesor de la escuela unidocente de la comunidad Guacamaya, se decidió a invertir en un motor y canoa. En sus tiempos libres, él hace fletes para quienes buscan ingresar hacia alguna comunidad o salir a la ciudad, navegando por el Curaray.

Y a la canoa, los más hábiles la hacen de los gigantes y gruesos árboles de cedro, chuncho y witio. Las más largas llegan a medir hasta 14 metros y hasta 1,50 de ancho.  Adquirir una cuesta hasta 2.000 dólares, sobre todo por el esfuerzo que demanda.

A Fausto Vargas construir una le toma ocho días, tiempo que permanece, incluso pernocta, en el sitio donde encuentra el árbol ideal.

El proceso es laborioso desde encontrar la materia prima, labrarla y hasta ahumarla con hoja seca de palma real para que la canoa logre impermeabilidad. Pero sobre todo que sea resistente al uso permanente como único medio de transporte para la gente del Territorio Kichwa Kawsak Sacha, de la cuenca baja del Curaray y más sectores de la Amazonía ecuatoriana.

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La canoa es el medio de transporte para el traslado de familias enteras, como la de Ramón Inmunda, de una comunidad a otra.